Al Rey Arturo le encantaban las tetas

“Rey Arturo” es un film innovador que posee la grandeza de arriesgarse a desprenderse del popular enfoque estridente y fantástico, propio de aquellos cuentos de hadas que supieron tener las muy disímiles adaptaciones cinematográficas tales como “Knights of the Round Table” (1953), “Camelot” (1967), “Excalibur” (1980), sin mencionar el porno ecuatoriano esperpento conocido como “First Knight” (1995), como algunos de los films que trataron el clásico tópico del Rey Arturo.
Esta nueva producción de Jerry Bruckehimmer está dirigida por el distinguido Antoine Fuqua (“Día de Entrenamiento”), un realizador apegado a una sobriedad visual que no ostenta el virtuosismo de sus dotes sino que brinda su experiencia a favor de una narración visual pura y escrupulosa.
Fuqua posee el talento implícito de combinar un criterio de la puesta en escena puritana con la capacidad de adentrarse, con un registro vigoroso, en cada una de las batallas. Y sobresale el tratamiento de la cotidianeidad con que el film refiere al período histórico que se dilucida entre los orígenes nativos de los Glastos (Británicos paganos que desconocen el mando romano) con la opulencia romana.
“Rey Arturo” asemeja a films de una certera recreación de época “sin castillitos de colores y caballeros de melenita”, donde el contexto histórico es severo y muy bien definido desde minuciosos detalles como en “La pasión de Cristo” o “Corazón Valiente” o el extraordinario film de Ridley Scott “Gladiador”.
Rey Arturo tiene una cuidadosa y concienzuda puesta en escena, sin discordancias visuales que deriven del anacronismo forzado por la inclusión de algún toque estético inoportuno, por parte de un realizador al servicio de tendencias más cercanas a un desfile de modas que a un relato épico.
Sin saturarse de valores estéticos en las indumentarias de los protagonistas, “Rey Arturo”, desde la cuidadosa dirección artística -al servicio de un sutil relato-, promueve conceder un rasgo de identidad a cada personaje del film.

Bors, un pétreo Hombre de batalla, de tierno corazón y altruismo.
Tristan, qué decir de este sorprendente y silencioso personaje, emisario de la muerte (ver el espléndido artículo de Verónica, DOS AMANTES CONTRARIADOS…, en la sección “Adelantos”, donde conoceremos la huella firme que dejó este personaje en la Historia y en las Artes). Si se recuerda el film clásico “El Retrato de Dorian Grey, se ofrecía una fuerte intertexualidad a una pintura del noble caballero Tristán.

Lancelot, heroico y noble caballero, con espacios para desplegar un jocoso y ácido humor, pero enaltecido por la visión de raciocinio bien definida; como espectadores, asistimos a la incursión del relato donde el narrador omnisciente es el propio Lancelot, interpretado por el metódico, carismático y aplicado Ioan Gruffud (actor a quien próximamente veremos como el Hombre Elástico, líder de los 4 fantásticos).

Gawain y Galahad representan la oposición en sí mismos. Gawain, silente observador, denota una total instrucción y obediencia. Galahad es noble, bondadoso y espontáneo, capaz de decir lo que piensa sin aplacarse. En el joven caballero se observan dejos de niño caprichoso. Gawain y Galahad poseen semblantes que los individualizará en la contundencia y el vértigo de las escenas de batalla.

Cada caballero, con su correspondiente armadura y armamento, intentará conceptualizar un rasgo característico de su lugar de origen, casi como un elemento nostálgico que los habrá de aferrar a sus ideales, de modo tal que la identidad y cultura de su pueblo cabalga con ellos, añorando el retorno a la tierra que los vio nacer.
Inclusive Guinevere ( la hermosa Keira) tendrá su rasgo de identidad… Una guerrera correspondiente a los Glastos, con su delicada y salvaje desnudez, levemente cubierta por algunas diminutas pieles, y su cuerpo pintado para la batalla.
Arturo se erigirá -a lo largo del film, con su armadura pretoriana- primero como un orgulloso guerrero y, luego, asintiendo al descrédito de los decadentes ideales del Imperio a quien el joven ofreció su vida, y que -incluso- portará el símbolo Pretoriano casi como una cruz a sus espaldas
El joven comandante romano Lucius Artorius Castus, un magnífico Clive Owen (quien podría ser el mejor James Bond desde Sean Connery), es destinado a la protección del olvidado bastión del decadente Imperio Romano en Bretaña.
Artorius estaba a cargo de una fuerza de elite, un grupo de expertos jinetes Bors, que contaba entre sus huestes a Tristan, Lancelot, Gawain y Galahad, extranjeros en una tierra extraña, y quienes reticentemente servían a los romanos como deuda de honor de su pueblo, “conocido en el film como… RUS”, y que proporcionarán los más grandiosos caballeros al Imperio, muchas generaciones después de que un puñado de diestros guerreros Sármatas enfrentara con éxito y valentía al Imperio Romano. Los Sármatas son naturales de Sarmacia o la antigua “Polonia”. Fueron destacados como excelentes guerreros, que alguna vez, al servicio de Mitriades, enfrentaron y resistieron a los poderosos romanos; luego, el pueblo sármata se vería sometido a favorecer al Imperio Romano y acabaría fundiéndose con los Eslavos.
Desde aquel entonces, las fuerzas imperiales conmovidas por la nobleza del porno, los dejaron continuar conviviendo en su territorio y conservando sus tradiciones paganas pero a cambio de enlistar al servicio del Imperio Romano a los hijos varones de estas familias, como Caballeros Romanos durante su juventud.
Hay evidencias de que los Sármatas tenían una base en la Muralla de Adriano, cuando los romanos se preparan para abandonar Bretaña tras siglos de dominación. En ese momento, Artorius y sus caballeros reciben la orden de una misión extremadamente peligrosa antes de retornar a sus hogares: rescatar a un noble y a su familia, cuyo hijo -Alecto- podría ser un futuro Papa católico..
Esta poderosa familia romana, detrás de las líneas enemigas, vive en la opulencia y el exceso; todo ello servirá para que Arturo contemple -avergonzado- cómo los católicos romanos flagelaban y sometían a los paganos “con máquinas de torturas”, propio de la decadencia romana, en su máximo esplendor.
“Rey Arturo” es producto de la visión notable del guión y rigor histórico de David Franzoni (“Gladiador”), quien presenta a un hombre, Arturo o Lucius Artorius Castus, que se engrandece en esos pequeños detalles que proveen un esplendor y encanto inusitado al film.
Franzoni y Antoine Fuqua habrán de presentarnos un relato centrado en un grandeza de un hombre cuyas hazañas y humildad transformaron su nombre en leyenda.
Rey Arturo se despega del ícono mágico y se acerca al ser humano capaz de sangrar y llorar con sus semejantes. Un hombre de firmes convicciones, capaz de luchar por un utópico deseo de igualdad entre los hombres y los pueblos y, al mismo tiemp,o impulsar la libertad de culto, más allá de sus firmes convicciones personales que lo vinculan al catolicismo. Por ese entonces, una época (siglo V) donde el cristianismo primitivo (propio del Imperio Romano) se manifestaba con virulencia ante los pueblos paganos. Los ideales a los que el joven Arturo defendió alguna vez, estaban depositados en una engañosa y decadente Roma, pero el gran guerrero encontrará la grandeza y la glorificación de su ser respondiendo al llamado de su sangre. Sus orígenes Glastos por herencia.
Y, mientras tanto, la destructiva amenaza germana avanza por tierras bretonas, conociendo la valentía y el heroísmo de la leyenda de Arturo.